Una crónica lateral sobre la tragedia de Cromañón
Clarín, 2 de enero de 2005
Pablo Calvo
pcalvo@clarin.com
Como
las estrellas que andan de a tres, Lucía, Cecilia y Daiana iban por la
vida siempre pegaditas. Juntas a pasear por Isidro Casanova, juntas a
comprar pantalones rockeros en Morón. Juntas para mimar a sus padres,
Margarita y Raúl. Y juntas para hablar de novios y chicos lindos del
barrio Atalaya. Juntas decidieron ir al recital de Callejeros. Y juntas ya no pudieron seguir.Las
hermanas Noboa se miraron por última vez antes de la segunda canción.
Lucía, de 21 años, estaba abajo, más cerca de la salida. Se aferró a
Martín, con quien hace poco había empezado a salir. Una insignificante
historia de amor, que en segundos se haría gigante.
Bengala,
incendio, humo, oscuridad, desesperación. Ella cayó al piso, se soltaron
las manos. La pisotearon, la pasaron por encima. Perdió las zapatillas y
la hebilla del pelo. Se cortó un pie. Un bombero la rescató y pudo
salir, pero Martín seguía adentro. Pensó en Cecilia y Daiana, que
estaban en el primer piso, antes con mejor vista al escenario, ahora con
menos chances de escapar. Respiró un poco, se ahogaba, tomó coraje, se
zambulló otra vez en la oscuridad. Encontró a su novio. “Vamos, vamos”. Y
salieron.
Lucía y Martín vomitaban un líquido negro, del humo que
tragaron. Llamaron por celular al papá de él. “Estamos bien, pero
adentro están las chicas”. No estaban bien, tenían un principio de
asfixia. Una ambulancia los quiso cargar, se resistieron. Pero se
ahogaban. Aceptaron oxígeno. Y aceptaron la ambulancia, porque el padre
de Martín no llegaba. Terminaron en el Fernández.
Daiana
murió asfixiada. Hasta anoche, los padres seguían haciendo trámites
para obtener su cuerpo y poder enterrarla. Tenía 15 años, era la
estrella menor. “Siento culpa, yo le compré la entrada, me salió diez
pesos. Me había privado de cosas que necesitaba para poder invitarla.
Era la primera vez que ella venía a un recital de Callejeros y era el día en que iba a conocer a Martín. ¡Cómo me duele! ¡Cómo la quería!”. El relato de Lucía a Clarín se entrecorta por las lágrimas y la tos.
—¿Y
Cecilia? ¿Dónde está Cecilia?, preguntaba un tío en el Centro de
Gestión y Participación de la calle Junín, el viernes a la madrugada. Lo
acompañaban dos primos de Pompeya, que tenían auto. Cecilia no estaba
por ningún lado. Ni en los hospitales afectados a la emergencia ni en la
morgue. Le dijeron que tenían que tener paciencia. “Entiendo, sé lo
está pensando, pero tenga fe, puede que esté inconsciente, siempre puede
ocurrir un milagro”, lo alentó uno de los voluntarios, que a esa hora,
las primeras del año, cenaba sándwiches de pan lactal acercados por un
vecino.
A las 3.10 sonó el teléfono en la casa de los Noboa:
—Por la descripción, puede ser ella— avisó una persona.
Cecilia,
de 18 años, tenía marcas de una operación coronaria, por un soplo, y un
antojo en un brazo. “Fuimos, aunque no nos queríamos hacer ilusiones”,
dijo Lucía. Pero era Cecilia nomás. Estaba en el Sardá, establecimiento
que no estaba entre los destinos de derivación de víctimas. Es una
maternidad. Cecilia había vuelto a nacer.
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